Epícteto - El esclavo que se convirtió en filósofo (I)
“Si no tienes ganas de ser frustrado jamás en tus deseos, no desees sino aquello que depende de tí”, decía. Dedicó su vida a predicar unas enseñanzas que mostraban al hombre el camino para alcanzar la felicidad a través de la libertad. Hoy siguen vigentes.
Cuentan que un día el amo de Epícteto le castigó retorciéndole la pierna con un instrumento de tortura. “Vas a romperla”, dijo el joven esclavo sonriendo y, al cumplirse su predicción, se contentó con añadir: “¿No te lo había dicho?”. Esta leyenda apócrifa ilustra de manera magistral la forma de ser del estoico: paciente e imperturbable. Las enseñanzas de Epícteto, el esclavo que se convirtió en un filósofo libre, tenían su base en las obras de los antiguos estoicos que consideraban que el secreto para alcanzar la felicidad estaba en dominar el deseo, cumplir con el deber y apre nder a pensar con claridad sobre uno mismo y sus relaciones dentro de la gran comunidad de los seres humanos.
En lugar de escribir sesudos y voluminosos libros, quiso convertirse en un ejemplo vivo para sus discípulos: cultivando la verdadera amistad, viviendo en armonía con la naturaleza y refugiándose en la discreción de una vida retirada. Vivió con sencillez y austeridad. Nunca se casó, ni tuvo hijos, apenas viajó y vivió plácidamente rodeado de sus discípulos. Su doctrina no iba dirigida a especialistas ni estudiantes, ni filósofos, sino al hombre de a pie que acudia a él en busca de consejo y que recibía soluciones prácticas a problemas concretos. Propugnaba “mediante un pensamiento claro somos capaces de dirigir la voluntad”, decía.
Su filosofía tenía una función terapéutica, cuyo fin consistía en garantizar al hombre la tranquilidad de ánimo. Era una suerte de médico del espíritu, un farmacéutico de las angustias, un cirujano de las opiniones. De hecho su pensamiento se considera como una de las raíces primarias de la psicología del autocontrol.