EL GOZO DE SER HOMBRE

Merton ha escrito un párrafo «Ser miembro de la raza humana es un glorioso destino, aunque sea una raza dedicada a muchos absurdos y aunque comete terribles errores: a pesar de todo, el mismo Dios se glorificó al hacerse miembro de la raza humana.

Pero ¿quién entiende esto? ¿Cómo explicarle a la gente que su alma es una lotería, que son seres creados en el gozo y para el gozo?
Dios al crear al hombre puso en casi todas sus acciones, además de su fin práctico, una ración de gozo. Los hombres comen y beben para subsistir, pero a este fin fundamental Dios añadió el que comer y beber fueran cosas agradables y gozosas. El hombre se viste para cubrirse del frío, pero la inteligencia humana ha logrado que el vestido sea, además, un adorno del cuerpo, una manera de volver gozoso su aspecto visible. El juego se hizo para el descanso y el reposo, pero también se volvió exultante y gozoso. La sexualidad es una vía para la reproducción y la conservación de la especie humana, pero también a esto Dios y la Naturaleza le añadieron su ración de gozo.

Nuestras casas no son sólo un lugar donde refugiarse del frío y defenderse de la Naturaleza, son también lugares para saborear el gozo de la amistad y de la intimidad.

Teóricamente, Dios pudo hacer todo esto para sus solos fines prácticos. Pero quiso añadir a cada una de nuestras funciones humanas una supercapacidad de alegría. ¿Y qué será su cielo sino una plenitud de ese entusiasmo?
A mí me desconcierta la gente que parece vivir «para» la tristeza. No hay, no puede haber verdadera religiosidad sin alegría. Los santos son el más alto testimonio de existencias iluminadas. «Un santo triste es un triste santo», decía Santa Teresa, que sabía un rato de estas cosas.

Claro que la alegría verdadera nunca es barata.

Sí, tal vez esta sea la clave de la alegría: descubrir que tenemos alma, explorar las dimensiones del espíritu, atreverse a creer que no es que la vida sea aburrida, sino que los que somos aburridos somos nosotros, que nos pasamos la vida como millonarios que llorasen porque han perdido diez céntimos y olvidado el tesoro que tienen en la bodega de su condición humana.

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