No sé controlar mi ira
Palabras acaloradas, rencor gélido, dosis furiosas de adrenalina, la ira es, sin duda, el más destructivo de los pecados capitales. Una emoción negativa que puede arruinarnos la vida si no aprendemos a relativizarla.Alicia Villoldo-Botana”En cuanto las cosas no se hacen como a mí me gustan, pierdo el control y mi comportamiento se vuelve totalmente irracional: grito, pego portazos… No puedo controlarme. Veo que los demás actúan con mala fe y eso me disgusta”, confiesa Francisco, de 47 años. Si consultamos los diccionarios de psicología, estos nos definen la ira, el enojo o el enfado como una respuesta defensiva cuando sentimos vulnerada nuestra integridad; una reacción provocada por el daño o coerción real o imaginaria. La ira mal canalizada induce a la hostilidad y genera un alto gasto energético, unido a una enorme sensación de malestar con el entorno social. “Este tipo de actitud se suele dar en personas que son más susceptibles, que tienden a sentirse atacadas fácilmente y que utilizan la ira como la única forma de defenderse que conocen ante ese ataque real o imaginario. Detrás de esta susceptibilidad exagerada suele haber una autoestima débil, que se tambalea ante cualquier soplo de viento. Incluso las personas que parecen orgullosas y engreídas esconden detrás un complejo de baja autoestima que intentan tapar yéndose al otro extremo. Si lo pensamos, la ira es solo una reacción ante algo que no nos gusta, es consecuencia de un sentimiento de frustración. Alguien que está a gusto consigo mismo no necesita del uso continuo de la agresividad”, explica Rosario Linares, psicóloga clínica, coach y directora del Centro Cervantes.
Educar nuestras emociones
Nos enfadamos cuando nos sentimos amenazados de alguna manera. Se produce, además, una descarga paralela de adrenalina en nuestro sistema nervioso que lleva a una excitación generalizada que puede durar segundos, minutos, incluso días, manteniendo una hipersensibilidad difusa que predispone a nuevos enfados con la misma persona o indiscriminadamente con cualquier ser vivo u objeto. Como apunta Rosario Linares, “la ira nos hace comportarnos agresivamente. Somos agresivos cuando no respetamos al otro y no nos comunicamos con él de igual a igual, sino que lo situamos en un escalón por debajo de nosotros. Por regla general, la ira no es conveniente, nos hace daño y rompe la comunicación”. Educar nuestras emociones es fundamental. Existen técnicas de autocontrol para manejar la ira. Una terapia psicológica puede ayudarnos a saber de dónde viene esa emoción y cómo gestionarla.”Perder los estribos es un comportamiento y los comportamientos se pueden cambiar. Muchas veces es la conducta que hemos aprendido de nuestros padres, pero nosotros podemos elegir ‘desaprenderla’”, afirma la especialista consultada.
Nos enfadamos cuando nos sentimos amenazados de alguna manera. Se produce, además, una descarga paralela de adrenalina en nuestro sistema nervioso que lleva a una excitación generalizada que puede durar segundos, minutos, incluso días, manteniendo una hipersensibilidad difusa que predispone a nuevos enfados con la misma persona o indiscriminadamente con cualquier ser vivo u objeto. Como apunta Rosario Linares, “la ira nos hace comportarnos agresivamente. Somos agresivos cuando no respetamos al otro y no nos comunicamos con él de igual a igual, sino que lo situamos en un escalón por debajo de nosotros. Por regla general, la ira no es conveniente, nos hace daño y rompe la comunicación”. Educar nuestras emociones es fundamental. Existen técnicas de autocontrol para manejar la ira. Una terapia psicológica puede ayudarnos a saber de dónde viene esa emoción y cómo gestionarla.”Perder los estribos es un comportamiento y los comportamientos se pueden cambiar. Muchas veces es la conducta que hemos aprendido de nuestros padres, pero nosotros podemos elegir ‘desaprenderla’”, afirma la especialista consultada.
Convivir con la culpa
La mayoría de las personas irritables, agresivas, susceptibles, con un “pronto” notable o quisquillosas, suelen sentirse muy mal cuando se les pasa el enfado y comprueban que no tienen autocontrol sobre sí mismas, que son víctimas de su fuerte genio o mal carácter. Terminan sintiéndose culpables, como afirma Rosario Linares: “Se sienten culpables porque se están moviendo entre dos extremos: la pasividad y la agresividad. Su comportamiento es pasivo y no hacen valer sus derechos ni expresan lo que les molesta normalmente. No saben comportarse de forma asertiva y expresar, sin frustración, sus sentimientos”.