Soy demasiado impulsivo
Muchas veces actúan antes de pensar, sin detenerse en medir las consecuencias que sus actos pueden provocar. Aunque se consideran personas naturales y francas, lo cierto es que este comportamiento indica un bajo control de los impulsos, así como muy poca tolerancia a la frustración.
Son personas vehementes, apasionadas, tienen una rápida capacidad de respuesta, una espontaneidad que las hace muy naturales; pero su impulsividad también les juega malas pasadas, como cuenta Susana, de 38 años: “Cuando no estoy de acuerdo con alguien, en seguida se lo hago saber. Me excito y acaloro en las discusiones, sin medir mis palabras, dejándome llevar por la impaciencia. Hablo sin pensar y digo cosas que sé que duelen, de una manera muy intransigente. Luego me arrepiento y siempre acabo pidiendo perdón por el daño que he podido hacer”.
Emociones sin frenos
Aunque los impulsos nos hacen humanos y son los que nos empujan a avanzar, hay ocasiones en las que indican una absoluta falta de autocontrol o una incapacidad para inhibir la conducta. Esto sucede cuando, de forma repetitiva, actuamos sin pensar, reaccionamos sin reflexionar y de forma inmediata, sin tener en cuenta las consecuencias de nuestros actos. Según las estadísticas, entre un 10 y un 15 por ciento de la población tiene conductas impulsivas. “Son personas con poca tolerancia a la frustración. Su origen puede atribuirse en ciertos casos a afecciones neurológicas, como sucede en las personas que han sido o son hiperactivas y que han manifestado un temperamento agitado desde su más tierna infancia”, dice Carlos Mateo, psicólogo clínico. Cuando somos impulsivos, llamamos la atención desfavorablemente. Al hablar, damos muestras de una clara desorganización y de una pobre habilidad de planteamiento.
Evitar situaciones de conflicto
Por eso es importante aprender a cambiar nuestra conducta. Aunque cada caso de impulsividad requiere un abordaje especial, hay autoayudas que pueden servirnos a todos: tomar conciencia de que esta conducta impulsiva es la que provoca situaciones de conflicto y malestar; proponerse cambiar nuestro comportamiento de una forma reflexiva y seria; si el impulso aparece, procurar retrasar la decisión de actuar mediante, por ejemplo, ejercicios de relajación que disminuyan la ansiedad; no desalentarse si no conseguimos dominar nuestros impulsos a la primera. Es importante perseverar, pues como concluye Carlos Mateo: “Los comportamientos impulsivos no tienen consideración ni con los intereses propios, ni a los ajenos, de modo que acaban repercutiendo negativamente en las personas del entorno, pudiendo romper las buenas relaciones con los demás”.