Albert Einstein: El físico pacifista
Martes, Febrero 27th, 2007El creador de la teoría de la relatividad fue mucho más que un científico interesado por conceptos exactos. De gran sensibilidad y profundamente humano, su interés por la justicia y la libertad le llevó a adoptar una postura pacifista.
“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”
LAS TRES IDEAS CLAVE DE SU PENSAMIENTO
1. Cambiar el sistema educativo Cuando la Primera Guerra Mundial estaba en su punto álgido, Einstein dirigió a Alemania un emotivo llamamiento donde solicitaba la supresión del examen final obligatorio para obtener el título de grado medio. Atacaba el examen por dos motivos: que es inútil para el alumno y que es incluso nocivo. Inútil, porque un profesor puede juzgar la madurez y capacidad de un alumno mucho mejor durante el largo periodo de estudios medios que a partir de un examen final. Perjudicial por dos motivos: el alumno teme dicho examen porque de él depende su futuro y el esfuerzo que requiere la memorización de numerosas materias puede dañar considerablemente la salud del alumno y traumatizarlo. En su opinión, el método de instrucción e interrogatorio destruye la curiosidad del alumno y su sentido de la individualidad, los dones más preciados que puede cultivar y reforzar la educación. El sufrió en propias carnes las consecuencias de una educación donde no se toleraba la reflexión, sino la respuesta inmediata.
2. Dios y la ciencia Aunque no creía en un Dios personal capaz de controlar la vida de otros seres, de castigar o recompensar a las personas, tampoco compartía la opinión de los demás científicos de creer que todo lo que ocurre, incluidos los asuntos humanos, se debe exclusivamente a las leyes de la naturaleza. “Dios no juega a los dados con el mundo”, llegó a decir. Y añadió: “Todo el que desarrolla concienzudamente una investigación científica se convence de que existe cierto espíritu manifiesto en las leyes del universo, inmensamente superior al hombre. En este sentido, el objetivo de la ciencia conduce a un especial sentimiento religioso (…). La ciencia sin religión es coja y la religión sin ciencia está ciega”.
3. Cultivar el humor Mantuvo a lo largo de toda su vida una larga correspondencia con los niños, a los que les fascinaba su imagen poco convencional de científico, con su pelo alborotado, su sonrisa eterna, su descuidada imagen y su gran sentido del humor, como quedará patente en muchas de estas cartas. “Pon tu mano en un horno caliente un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica bonita una hora y te parecerá un minuto. Eso es la relatividad”, escribió el físico en una ocasión. Para él, el humor era una manera de mantener una buena relación con los demás, incluso con sus propios hijos, a los que apenas veía. Hans Albert, el mayor, recordaría a su padre como alguien bastante juguetón, que les escribía cartas muy entrañables donde les alentaba a practicar sus lecciones de piano y a lavarse los dientes a diario. “Es muy importante, como comprobarás más adelante”.

“Si no tienes ganas de ser frustrado jamás en tus deseos, no desees sino aquello que depende de tí”, decía. Dedicó su vida a predicar unas enseñanzas que mostraban al hombre el camino para alcanzar la felicidad a través de la libertad. Hoy siguen vigentes.